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24 mayo 2026

Habanera

L’amour est un oiseau rebelle 

Que nul ne peut apprivoiser



Un inesperado diciembre apareció ella con un ave en sus manos. Tras una interacción, su rebelde ave se empeñó en volar a mi alrededor, anhelando posarse en mi pecho con una determinación admirable. Por mi parte, aunque también tenía un ave para mí, siempre fui cauteloso con quién permitirle compartir. Mi ave vivía constantemente dentro de una jaula que la mantenía segura, por lo que no sabía con certeza si su valiente ave sería la adecuada para que volaran juntas. Al darse cuenta, su rebelde ave decidió revolotear a mi alrededor, esperando la oportunidad para que la puerta se abriera y pudiera establecerse junto a mi ave.  

Dentro de la jaula, mi miedosa ave envidió por todo ese tiempo el majestuoso vuelo del pájaro rebelde. Ansiaba esa determinación, esa seguridad, esa confianza, pero sus temerosas alas se negaban a alzarlo en el viento y unirse al vuelo de su compañera. Intentó volar poco a poco: estiraba sus alas, daba unos pequeños pasos hacia la salida de la jaula, veía el cielo tratando de fijarse un objetivo, pero luego algo ocurría que la hacía regresar. Mi ave enjaulada cantaba con un trino temeroso por aquellas cosas desconocidas pero anheladas, aunque a estas alturas ni siquiera sabía si las deseaba con la firmeza que en algún momento de su vida tuvo. Quería la rebeldía de la otra ave, quería su libertad, incluso se preguntaba si debía acompañarla, pero el miedo era mayor.


Además, ¿por qué habría de salir? Desde su jaula tenía la compañía que le daba paz. Años antes, alguien más había traído un ave que, si bien no estaba en cautiverio junto a la mía, no se revoloteaba a su alrededor, sino que se posaba en los barrotes y le cantaba con paciencia. Más que tentarla a volar, se dedicó a acompañarla, pues entendió rápidamente que mi ave era temerosa y que no tenía la seguridad de abrir su jaula y reclamar el cielo como suyo. Por más que quisiera ayudarle a abrir la puerta, esa otra ave entendió que no era su labor. Mi ave aceptó su gentileza con una desconfianza tremenda, pues nunca se había sentido acompañada de esa manera, pero tampoco le generó el deseo de volar. Malamente, se sintió cómoda, vista, entendida… y no sabía si era algo bueno o no. 


En su soledad, mi miedosa ave se preguntó cuánto tiempo seguiría así. Carmen dijo que era en vano llamar al pájaro rebelde: que ni las amenazas ni las plegarias funcionan para que se quede cerca, sino que solo batirá sus alas y se irá volando. En esta ocasión nadie la había llamado, simplemente llegó con un intenso aleteo que provocaba fuertes vientos que mi ave no sabía aprovechar, sino que sentía una imperiosa necesidad de aprender a surcarlos para satisfacer los deseos más profundos de su ser. ¿Cómo iba a hacerlo, si ni siquiera sabía cómo debía ser? Sabía que el aleteo debía ser constante, que requería de esfuerzo, como todo, pero, ¿cómo sabría elegir entre un pájaro rebelde, intenso y determinado y un ave paciente que lo acompañaba mientras reposaba temerosamente en su jaula? O peor aún, ¿qué si el destino de mi ave es mantenerse en esa jaula viendo al resto volar? Nada ni nadie le iba a dar una respuesta y, lamentablemente, ni mi ave ni yo somos tan valientes para intentarlo. Al final, mi ave decidió picotear y alejar a las dos aves que estaban ahí. 


Después de 528 días y muchos picotazos, el pájaro rebelde se cansó y ella lo tomó nuevamente en sus manos. Estaba exhausto de revolotear a mi alrededor, de sentir que sus ganas de volar con mi ave no eran suficientes. Convenientemente cerca, otro él llegó con su ave posando en la cima de una guitarra que tocaba las más peculiares melodías. Su ave rebelde decidió posarse junto a él para descansar y sentirse acompañada. En el fondo, el pájaro rebelde seguía trinando por el ave enjaulada, pero su agotamiento era tal que decidió volar lejos de ella. Desde su jaula, decidí acompañar a mi ave, quien, más temerosa que nunca, la escuché dar su canto de cisne, pues también estaba exhausta de simplemente ser como era. Mis manos torpes no supieron cómo sostener a esa ave que me había acompañado por tanto tiempo, así que solo la dejé cantar desde mi temblorosa mano, esperando que exhalara su último aliento. Por suerte, mi ave enjaulada no es un cisne y, agotada, solo decidió reposar indefinidamente. 


El pájaro rebelde te evita cuando crees tenerlo y también te tiene cuando crees evitarlo. Por lo tanto, aunque puedas esperar a que llegue a tu vida, no lo hará, sino que se presentará cuando no esperes. Mi ave enjaulada está cansada y desmotivada, pero, desde el fondo de su confundido ser, solo espera que llegue el pájaro rebelde que sí la haga volar tan alto como sus alas se lo permitan. Si je t’aime, prends garde à toi!


Por favor, que Carmen tenga razón.


16 mayo 2026

Perdida

 Después de tres meses, dijiste:

Si esto era una batalla, la declaro perdida y a mí misma perdida en ti.


Antes me proclamé victorioso.


Ahora, perdí la guerra y te perdí a ti.


17 febrero 2026

Habitación #21

La intimidad física siempre había sido un tema delicado para ella. Como la mayor parte de su vida fue una persona reservada, cualquier actividad que implicara vulnerarse frente a alguien más era un reto enorme. Además, el ámbito sexual requería de derribar más de una barrera, pues necesitaba de una apertura mental, emocional y corporal que evitaba a toda costa. Así que, cuando por azares del destino se vio entrando a la habitación 21 del motel más conocido de la ciudad, comenzó a replantearse por qué había accedido a ir.

        No era su primera experiencia sexual; anteriormente había tenido varias relaciones estables donde se dio la oportunidad de intimar. Sin embargo, no era una actividad que disfrutara mucho. Recordó cómo sus primeras veces no le generaron un mayor interés y, con el tiempo, redujo el sexo a que era algo “natural” y que “se hacía”. Dejando de lado la postura reproductiva, simplemente no encontró el gusto que el mundo parecía tener por dicho acto. Por otro lado, su falta de entusiasmo, aunque comprendida en algunas ocasiones, sí llegó a generar discusiones con sus parejas: unas pensaban que no eran lo suficientemente atractivas o hábiles, lo que causaba disgustos y problemas de autoestima. Ella, por otro lado, aunque intentaba explicar su situación y procuraba dejar en claro que era una cuestión personal, se rindió en un punto. Nadie parecía comprender por qué no le interesaba la vida sexual. Por ello, había decidido ceder en algunos aspectos y fingir en otros. Esta combinación le aseguró cierta paz en sus relaciones.

        Esta ocasión no se sentía diferente. En lo que inspeccionaba la habitación, la cual estaba equipada con el mobiliario esencial para una estancia de ese tipo, se preguntaba si en algún momento sentiría un interés real. Su acompañante en turno había logrado convencerla de estar ahí y, aunque aseguró que no pasaría nada que ella no quisiese, ella dudó de dicho enunciado casi al instante. Ni siquiera podía afirmar al cien por ciento si quería estar ahí o solamente era parte del requisito de relacionarse con otra persona.

        Cuando su acompañante desapareció tras la puerta del baño, ella se sentó en el borde de la cama a contemplar el espejo de la pared. Se observó por un momento con detenimiento: no odiaba su físico, pero tampoco se sentía orgullosa de él. En su mente, lo calificaba como un seis de diez. “Pasar es pasar”, pensaba, pero en ocasiones creía que estaba defectuoso, pues no sabía si sus receptores sensoriales estaban descompuestos o ausentes. Quizá por esa razón no disfrutaba tanto el contacto como otras personas. Por otro lado, quizá era algo psicológico: tal vez su mente estaba tan aferrada a la idea de que el sexo debía ser algo extraordinario como la gente solía describirlo que, cuando no fue así, se decepcionó tanto y la expectativa terminó matando sin piedad a la realidad.

        El abrir de la puerta la sacó de sus pensamientos y la trajo de vuelta a la habitación 21. Miró a su acompañante mientras se sentaba junto a ella y le tocaba con gentileza su muslo. Ella sabía que ese era el primero de varios pasos en una secuencia que tenía bien identificada: un toque por aquí, un toque por allá, un beso fugaz, un beso prolongado, respiraciones que van en aumento mientras la cantidad de prendas puestas va en descenso hasta que los cuerpos quedaran lo suficientemente expuestos para entregarse al acto. Esta vez, ella quería dejarse llevar y disfrutar el proceso más que entenderlo. Sin embargo, la desagradable y ya conocida sensación proveniente del pecho comenzaba ya a expandirse por su cuerpo, por sus brazos, por sus piernas… Entonces cada delicado toque se convertía en una presión asfixiante y cada caricia se sentía amenazante. Una vez más había pasado de ser una persona con un potencial sensorial a uno con miedo que solo quería evitar el contacto. En ese punto, la misma duda la abrumaba: ¿dejarse llevar y forzarse a un encuentro, o detener todo y recibir la habitual respuesta de frustración por negarse?

        Su cuerpo estuvo tenso la mayor parte del tiempo. Si bien el trato por parte de su acompañante fue cordial, la incomodidad en el interior de su cuerpo fue abrumadora. Ella intentó poner de su parte para que su acompañante pasara un momento agradable; si adquiría un rol complaciente, quizá el encuentro valdría la pena para la otra persona. Al fin y al cabo, con el tiempo descubrió que la gente solía ser egoísta y se enfocaba en su propio placer más que en el placer del otro. A ella no le molestaba; estaba bien con hacer cosas por otros. Por ello, así continuó por varios minutos hasta que el acto terminó.

        Ella sintió como su cuerpo comenzaba a calmarse. La incómoda sensación en el pecho desaparecía poco a poco. No se dio cuenta de cuánto tiempo estuvo recostada viendo al techo, pero descubrió que su acompañante dormía plácidamente cuando escuchó un ligero ronquido junto a ella. Una vez más, sucumbió a la presión de un encuentro. Nunca sentía arrepentimiento ni sentía que la gente se aprovechara de ella, simplemente era una tarea que debía realizar cuando estaba con alguien. Por un momento recordó que sí hubo una persona de su pasado que intentó ahondar en su situación. Había intentado complacerla y que ella descubriera qué le gustaba y qué no. No obstante, ella se negó. No quería sentir que alguien más tuviera control sobre su cuerpo. Por otro lado, el orgasmo en solitario se había convertido más en una evasión de la realidad que en un placer personal, por lo que sabía que el sexo siempre sería un problema que se negaba a resolver. Simplemente no iba a permitir que alguien cruzara esa línea que la protegía de… ¿de qué? ¿Del exterior? Al fin y al cabo, ella descubrió que ceder y complacer al otro le brindaba un tipo de afecto superficial que parecía necesitar de vez en cuando.

        Quizá, en algún punto, encontraría a alguien que le despertara el interés. Quizá, algún día, la conexión rebasaría a su incomodidad consigo misma. Quizá, en algún momento, le gustaría. Quizá.