Odiaba el inicio de su libro favorito. Le parecía irónico,
pero no podía evitar sentirse identificado con ello. Por esta razón lo leía una
y otra vez.
“Ya no intentaba
evocar su recuerdo”.
Y lo peor era que ni siquiera lo intentaba. Su recuerdo
seguía ahí, siempre presente, quemándole el fondo de su mente, anudándole el
estómago y apretándole el corazón.
El tiempo
había pasado desde la última vez que la vio. Se había cruzado en su camino
casualmente, y ambos se miraron por unos segundos. Él recurrió a la vieja
táctica de voltear la mirada, y fue cuando finalmente lo entendió: ocurrió lo
que nunca quiso que pasara; lo que años atrás se prometieron ahí se quedó,
atrás. Más que un baño de agua helada, él sintió como si sus pulmones hubieran
perdido todo el aire acumulado.
Ya eran dos
extraños. Dos extraños que en otro momento compartieron todo. Dos extraños que
se juraron siempre estar juntos, sin importar qué, para apoyarse mutuamente.
Ese casual
cruce de miradas demostró lo evidente: estaban lejos, y se habían perdido ya. Y
él se odia constantemente por ello y se pregunta si ella también se siente
igual. Aun así, en el fondo, no quiere saber la respuesta.
Ella ya no
está ahí.
Y él sólo quiere
verla una vez más.
Título de una canción de La Oreja de Van Gogh .