La intimidad física siempre había sido un tema delicado para ella. Como la mayor parte de su vida fue una persona reservada, cualquier actividad que implicara vulnerarse frente a alguien más era un reto enorme. Además, el ámbito sexual requería de derribar más de una barrera, pues necesitaba de una apertura mental, emocional y corporal que evitaba a toda costa. Así que, cuando por azares del destino se vio entrando a la habitación 21 del motel más conocido de la ciudad, comenzó a replantearse por qué había accedido a ir.
No era su primera experiencia sexual; anteriormente había tenido varias relaciones estables donde se dio la oportunidad de intimar. Sin embargo, no era una actividad que disfrutara mucho. Recordó cómo sus primeras veces no le generaron un mayor interés y, con el tiempo, redujo el sexo a que era algo “natural” y que “se hacía”. Dejando de lado la postura reproductiva, simplemente no encontró el gusto que el mundo parecía tener por dicho acto. Por otro lado, su falta de entusiasmo, aunque comprendida en algunas ocasiones, sí llegó a generar discusiones con sus parejas: unas pensaban que no eran lo suficientemente atractivas o hábiles, lo que causaba disgustos y problemas de autoestima. Ella, por otro lado, aunque intentaba explicar su situación y procuraba dejar en claro que era una cuestión personal, se rindió en un punto. Nadie parecía comprender por qué no le interesaba la vida sexual. Por ello, había decidido ceder en algunos aspectos y fingir en otros. Esta combinación le aseguró cierta paz en sus relaciones.
Esta ocasión no se sentía diferente. En lo que inspeccionaba la habitación, la cual estaba equipada con el mobiliario esencial para una estancia de ese tipo, se preguntaba si en algún momento sentiría un interés real. Su acompañante en turno había logrado convencerla de estar ahí y, aunque aseguró que no pasaría nada que ella no quisiese, ella dudó de dicho enunciado casi al instante. Ni siquiera podía afirmar al cien por ciento si quería estar ahí o solamente era parte del requisito de relacionarse con otra persona.
Cuando su acompañante desapareció tras la puerta del baño, ella se sentó en el borde de la cama a contemplar el espejo de la pared. Se observó por un momento con detenimiento: no odiaba su físico, pero tampoco se sentía orgullosa de él. En su mente, lo calificaba como un seis de diez. “Pasar es pasar”, pensaba, pero en ocasiones creía que estaba defectuoso, pues no sabía si sus receptores sensoriales estaban descompuestos o ausentes. Quizá por esa razón no disfrutaba tanto el contacto como otras personas. Por otro lado, quizá era algo psicológico: tal vez su mente estaba tan aferrada a la idea de que el sexo debía ser algo extraordinario como la gente solía describirlo que, cuando no fue así, se decepcionó tanto y la expectativa terminó matando sin piedad a la realidad.
El abrir de la puerta la sacó de sus pensamientos y la trajo de vuelta a la habitación 21. Miró a su acompañante mientras se sentaba junto a ella y le tocaba con gentileza su muslo. Ella sabía que ese era el primero de varios pasos en una secuencia que tenía bien identificada: un toque por aquí, un toque por allá, un beso fugaz, un beso prolongado, respiraciones que van en aumento mientras la cantidad de prendas puestas va en descenso hasta que los cuerpos quedaran lo suficientemente expuestos para entregarse al acto. Esta vez, ella quería dejarse llevar y disfrutar el proceso más que entenderlo. Sin embargo, la desagradable y ya conocida sensación proveniente del pecho comenzaba ya a expandirse por su cuerpo, por sus brazos, por sus piernas… Entonces cada delicado toque se convertía en una presión asfixiante y cada caricia se sentía amenazante. Una vez más había pasado de ser una persona con un potencial sensorial a uno con miedo que solo quería evitar el contacto. En ese punto, la misma duda la abrumaba: ¿dejarse llevar y forzarse a un encuentro, o detener todo y recibir la habitual respuesta de frustración por negarse?
Su cuerpo estuvo tenso la mayor parte del tiempo. Si bien el trato por parte de su acompañante fue cordial, la incomodidad en el interior de su cuerpo fue abrumadora. Ella intentó poner de su parte para que su acompañante pasara un momento agradable; si adquiría un rol complaciente, quizá el encuentro valdría la pena para la otra persona. Al fin y al cabo, con el tiempo descubrió que la gente solía ser egoísta y se enfocaba en su propio placer más que en el placer del otro. A ella no le molestaba; estaba bien con hacer cosas por otros. Por ello, así continuó por varios minutos hasta que el acto terminó.
Ella sintió como su cuerpo comenzaba a calmarse. La incómoda sensación en el pecho desaparecía poco a poco. No se dio cuenta de cuánto tiempo estuvo recostada viendo al techo, pero descubrió que su acompañante dormía plácidamente cuando escuchó un ligero ronquido junto a ella. Una vez más, sucumbió a la presión de un encuentro. Nunca sentía arrepentimiento ni sentía que la gente se aprovechara de ella, simplemente era una tarea que debía realizar cuando estaba con alguien. Por un momento recordó que sí hubo una persona de su pasado que intentó ahondar en su situación. Había intentado complacerla y que ella descubriera qué le gustaba y qué no. No obstante, ella se negó. No quería sentir que alguien más tuviera control sobre su cuerpo. Por otro lado, el orgasmo en solitario se había convertido más en una evasión de la realidad que en un placer personal, por lo que sabía que el sexo siempre sería un problema que se negaba a resolver. Simplemente no iba a permitir que alguien cruzara esa línea que la protegía de… ¿de qué? ¿Del exterior? Al fin y al cabo, ella descubrió que ceder y complacer al otro le brindaba un tipo de afecto superficial que parecía necesitar de vez en cuando.
Quizá, en algún punto, encontraría a alguien que le despertara el interés. Quizá, algún día, la conexión rebasaría a su incomodidad consigo misma. Quizá, en algún momento, le gustaría. Quizá.