L’amour est un oiseau rebelle
Que nul ne peut apprivoiser
Un inesperado diciembre apareció ella con un ave en sus manos. Tras una interacción, su rebelde ave se empeñó en volar a mi alrededor, anhelando posarse en mi pecho con una determinación admirable. Por mi parte, aunque también tenía un ave para mí, siempre fui cauteloso con quién permitirle compartir. Mi ave vivía constantemente dentro de una jaula que la mantenía segura, por lo que no sabía con certeza si su valiente ave sería la adecuada para que volaran juntas. Al darse cuenta, su rebelde ave decidió revolotear a mi alrededor, esperando la oportunidad para que la puerta se abriera y pudiera establecerse junto a mi ave.
Dentro de la jaula, mi miedosa ave envidió por todo ese tiempo el majestuoso vuelo del pájaro rebelde. Ansiaba esa determinación, esa seguridad, esa confianza, pero sus temerosas alas se negaban a alzarlo en el viento y unirse al vuelo de su compañera. Intentó volar poco a poco: estiraba sus alas, daba unos pequeños pasos hacia la salida de la jaula, veía el cielo tratando de fijarse un objetivo, pero luego algo ocurría que la hacía regresar. Mi ave enjaulada cantaba con un trino temeroso por aquellas cosas desconocidas pero anheladas, aunque a estas alturas ni siquiera sabía si las deseaba con la firmeza que en algún momento de su vida tuvo. Quería la rebeldía de la otra ave, quería su libertad, incluso se preguntaba si debía acompañarla, pero el miedo era mayor.
Además, ¿por qué habría de salir? Desde su jaula tenía la compañía que le daba paz. Años antes, alguien más había traído un ave que, si bien no estaba en cautiverio junto a la mía, no se revoloteaba a su alrededor, sino que se posaba en los barrotes y le cantaba con paciencia. Más que tentarla a volar, se dedicó a acompañarla, pues entendió rápidamente que mi ave era temerosa y que no tenía la seguridad de abrir su jaula y reclamar el cielo como suyo. Por más que quisiera ayudarle a abrir la puerta, esa otra ave entendió que no era su labor. Mi ave aceptó su gentileza con una desconfianza tremenda, pues nunca se había sentido acompañada de esa manera, pero tampoco le generó el deseo de volar. Malamente, se sintió cómoda, vista, entendida… y no sabía si era algo bueno o no.
En su soledad, mi miedosa ave se preguntó cuánto tiempo seguiría así. Carmen dijo que era en vano llamar al pájaro rebelde: que ni las amenazas ni las plegarias funcionan para que se quede cerca, sino que solo batirá sus alas y se irá volando. En esta ocasión nadie la había llamado, simplemente llegó con un intenso aleteo que provocaba fuertes vientos que mi ave no sabía aprovechar, sino que sentía una imperiosa necesidad de aprender a surcarlos para satisfacer los deseos más profundos de su ser. ¿Cómo iba a hacerlo, si ni siquiera sabía cómo debía ser? Sabía que el aleteo debía ser constante, que requería de esfuerzo, como todo, pero, ¿cómo sabría elegir entre un pájaro rebelde, intenso y determinado y un ave paciente que lo acompañaba mientras reposaba temerosamente en su jaula? O peor aún, ¿qué si el destino de mi ave es mantenerse en esa jaula viendo al resto volar? Nada ni nadie le iba a dar una respuesta y, lamentablemente, ni mi ave ni yo somos tan valientes para intentarlo. Al final, mi ave decidió picotear y alejar a las dos aves que estaban ahí.
Después de 528 días y muchos picotazos, el pájaro rebelde se cansó y ella lo tomó nuevamente en sus manos. Estaba exhausto de revolotear a mi alrededor, de sentir que sus ganas de volar con mi ave no eran suficientes. Convenientemente cerca, otro él llegó con su ave posando en la cima de una guitarra que tocaba las más peculiares melodías. Su ave rebelde decidió posarse junto a él para descansar y sentirse acompañada. En el fondo, el pájaro rebelde seguía trinando por el ave enjaulada, pero su agotamiento era tal que decidió volar lejos de ella. Desde su jaula, decidí acompañar a mi ave, quien, más temerosa que nunca, la escuché dar su canto de cisne, pues también estaba exhausta de simplemente ser como era. Mis manos torpes no supieron cómo sostener a esa ave que me había acompañado por tanto tiempo, así que solo la dejé cantar desde mi temblorosa mano, esperando que exhalara su último aliento. Por suerte, mi ave enjaulada no es un cisne y, agotada, solo decidió reposar indefinidamente.
El pájaro rebelde te evita cuando crees tenerlo y también te tiene cuando crees evitarlo. Por lo tanto, aunque puedas esperar a que llegue a tu vida, no lo hará, sino que se presentará cuando no esperes. Mi ave enjaulada está cansada y desmotivada, pero, desde el fondo de su confundido ser, solo espera que llegue el pájaro rebelde que sí la haga volar tan alto como sus alas se lo permitan. Si je t’aime, prends garde à toi!
Por favor, que Carmen tenga razón.