“Would you lie with me and just forget the world?” – Chasing Cars, Snow
Patrol
El brillante sol que se asomaba
por entre las ramas ya cubiertas de hojas anunciaba la mitad del día… o al
menos eso creía. Revisó la hora en su reloj y descubrió que sólo había fallado
por veinte minutos. Aunque ella acostumbraba a leer a esas horas del día bajo
la tranquila sombra de su árbol favorito, su lectura fue cancelada con
antelación. En su lugar, él le había propuesto relajarse bajo el árbol, con una
manta y una canastilla llena de comida. Por supuesto que aceptó.
Por
suerte para ambos, el calor veraniego no era tan intenso esa tarde. Se recostaron
sobre la manta y se dedicaron a observar las pocas nubes que vagaban por el cielo.
Cuando sus estómagos comenzaron a gruñir, la canastilla fue vaciada y se dedicaron
a comer con tranquilidad los sándwiches que él insistió en preparar esa mañana.
Hoy será tu día especial, no debes hacer
nada, le dijo.
Lo
que en un principio fueron minutos se convirtieron en horas de una amena
conversación. Él hablaba incansablemente de sus clases de la universidad y ella,
atenta, lo escuchaba con una enorme sonrisa. Le encantaba eso de él: su pasión
al hablar de algo que le gustara; y a ella no le importaba escucharlo por horas,
aunque no entendiera absolutamente nada de lo que él con tanto entusiasmo le
explicaba.
Lo
amaba, estaba cien por ciento segura de ello. Desde ese momento en que él se
acercó a saludarla en alguna de sus lecturas, ella sabía que sería algo
especial. No podía ser mera coincidencia que ambos fueran tan rutinariamente al
mismo lugar. Eso definitivamente era la vida dándole un gran regalo. Y le sorprendía
aún más que a pesar de haber sido completos extraños, ese día celebraban el
tercer aniversario de un fuerte noviazgo.
Una
vez terminó él de hablar, se recostaron nuevamente. A pesar de la ascendente
temperatura ambiental, ella se acurrucó junto a él. Por su parte, él la rodeó
con su brazo y suspiró. No dijeron nada. Sólo eran ellos dos inmersos en un
mundo hecho por y para ellos. Y ella se sentía segura, feliz… amada.
Quería
decirle algo, lo que fuera. Confesar su amor y jurárselo eternamente; contarle
todos esos planes de vida que siempre tuvo y que ahora quería compartir con él;
incluso decidir los nombres de sus hijos o de sus mascotas. Ella lo amaba y no
sabía cómo expresarlo. Fue entonces cuando él interrumpió el momento y se
levantó; ella lo imitó.
Él
la miró y suspiró de nuevo, con una ligera sonrisa escondida entre sus labios. De
su bolsillo sacó una pequeña navaja, dio media vuelta y comenzó a tallar el
árbol. Ella lo miraba con curiosidad, pero él no le permitía ver lo que hacía.
Le tomó sólo unos pocos minutos revelarle la corteza tras el filo de su navaja.
Eran
sus iniciales… en un corazón.
Él
soltó una carcajada y la miró. Ella sentía el rostro de mil colores y su corazón
a punto de atravesarle la piel para salir y explotar en el exterior. La tomó de
las manos y comenzó:
—Es
un cliché, lo sé —se sonrojó ligeramente—, pero no pude evitarlo. Te amo, y no
sé cómo dejarlo en claro. Y pienso que, al igual que este árbol, ese amor
crecerá grande y fuerte, y así como hay periodos de sequías y de hojas caídas,
habrá también periodos de lluvia y de crecimiento. Se mantendrá fuerte, grande
y hermoso, así como nosotros dos. Y…
Y
ella no lo dejó terminar. Saltó hacia él tomándolo del cuello y lo besó como si
su vida dependiera de ello. Lo amaba, y estaba ciento diez por ciento segura de
ello.