Páginas

07 diciembre 2017

II - Verano



“Would you lie with me and just forget the world?” – Chasing Cars, Snow Patrol

El brillante sol que se asomaba por entre las ramas ya cubiertas de hojas anunciaba la mitad del día… o al menos eso creía. Revisó la hora en su reloj y descubrió que sólo había fallado por veinte minutos. Aunque ella acostumbraba a leer a esas horas del día bajo la tranquila sombra de su árbol favorito, su lectura fue cancelada con antelación. En su lugar, él le había propuesto relajarse bajo el árbol, con una manta y una canastilla llena de comida. Por supuesto que aceptó.
         Por suerte para ambos, el calor veraniego no era tan intenso esa tarde. Se recostaron sobre la manta y se dedicaron a observar las pocas nubes que vagaban por el cielo. Cuando sus estómagos comenzaron a gruñir, la canastilla fue vaciada y se dedicaron a comer con tranquilidad los sándwiches que él insistió en preparar esa mañana. Hoy será tu día especial, no debes hacer nada, le dijo.
         Lo que en un principio fueron minutos se convirtieron en horas de una amena conversación. Él hablaba incansablemente de sus clases de la universidad y ella, atenta, lo escuchaba con una enorme sonrisa. Le encantaba eso de él: su pasión al hablar de algo que le gustara; y a ella no le importaba escucharlo por horas, aunque no entendiera absolutamente nada de lo que él con tanto entusiasmo le explicaba.
         Lo amaba, estaba cien por ciento segura de ello. Desde ese momento en que él se acercó a saludarla en alguna de sus lecturas, ella sabía que sería algo especial. No podía ser mera coincidencia que ambos fueran tan rutinariamente al mismo lugar. Eso definitivamente era la vida dándole un gran regalo. Y le sorprendía aún más que a pesar de haber sido completos extraños, ese día celebraban el tercer aniversario de un fuerte noviazgo.
         Una vez terminó él de hablar, se recostaron nuevamente. A pesar de la ascendente temperatura ambiental, ella se acurrucó junto a él. Por su parte, él la rodeó con su brazo y suspiró. No dijeron nada. Sólo eran ellos dos inmersos en un mundo hecho por y para ellos. Y ella se sentía segura, feliz… amada.
         Quería decirle algo, lo que fuera. Confesar su amor y jurárselo eternamente; contarle todos esos planes de vida que siempre tuvo y que ahora quería compartir con él; incluso decidir los nombres de sus hijos o de sus mascotas. Ella lo amaba y no sabía cómo expresarlo. Fue entonces cuando él interrumpió el momento y se levantó; ella lo imitó.
         Él la miró y suspiró de nuevo, con una ligera sonrisa escondida entre sus labios. De su bolsillo sacó una pequeña navaja, dio media vuelta y comenzó a tallar el árbol. Ella lo miraba con curiosidad, pero él no le permitía ver lo que hacía. Le tomó sólo unos pocos minutos revelarle la corteza tras el filo de su navaja.
         Eran sus iniciales… en un corazón.
         Él soltó una carcajada y la miró. Ella sentía el rostro de mil colores y su corazón a punto de atravesarle la piel para salir y explotar en el exterior. La tomó de las manos y comenzó:
         —Es un cliché, lo sé —se sonrojó ligeramente—, pero no pude evitarlo. Te amo, y no sé cómo dejarlo en claro. Y pienso que, al igual que este árbol, ese amor crecerá grande y fuerte, y así como hay periodos de sequías y de hojas caídas, habrá también periodos de lluvia y de crecimiento. Se mantendrá fuerte, grande y hermoso, así como nosotros dos. Y…
         Y ella no lo dejó terminar. Saltó hacia él tomándolo del cuello y lo besó como si su vida dependiera de ello. Lo amaba, y estaba ciento diez por ciento segura de ello.