Había algo satisfactorio en ahogar los ruidos del mundo con sus audífonos. Más que un accesorio, eran ya una necesidad para ella, por lo que era imperdonable salir de casa sin ellos. Lamentablemente, hoy no había sido uno de esos días. Por las prisas, salió disparada por la puerta de su casa en la mañana y no se percató de que tan indispensable artículo había quedado olvidado en la barra de la cocina. Ya en el transporte público, le era imposible volver por ellos sin que esto le provocara un retraso. Así, refunfuñando y con los oídos más descubiertos que de costumbre, siguió su camino.
A pesar de que el conductor del camión ambientaba el vehículo con los éxitos del momento que pasaban por la radio, su peculiar gusto musical difería mucho de lo que la estación transmitía para su popular audiencia. Era por ello que prefería portar su propia música y escucharla cuando quisiera. Y es que, aunque era joven, definitivamente sentía que su gusto musical se había quedado estancado varios años atrás. Por lo tanto, era difícil que la música “de actualidad” fuera de su agrado. Intentó prestarle atención a la canción que sonaba, incluso quiso que le gustara esa melodía proveniente de las ruidosas bocinas del camión, pero fue inútil, no era lo suyo.
Fue entonces cuando decidió enfocar su mente en otros sonidos. Sin contar el persistente ruido del motor que parecía responder a las maniobras del conductor, notó que el transporte público era el hogar de decenas de banales conversaciones entre sus usuarios. No quiso concentrarse en un diálogo en específico, pues le pareció invasivo y grosero, pero a cada asiento que volteaba, veía a personas hablando y contándose situaciones diversas de la vida. Por otro lado, los ronquidos eran parte de la atmósfera, pues varios pasajeros dormidos contribuían con sus nasales y, por qué no, envidiables sonidos de descanso. Cuando decidió mirar por la ventana, descubrió que el tráfico mismo sostenía su propia y ruidosa conversación: entre motores, claxons y gritos de los peatones, los sonidos de la calle lograban atravesar los cristales que la separaban del exterior.
Se detuvo un momento a pensar en la sobreestimulación auditiva. Los ruidos de la rutina podían enloquecer a cualquier persona ajena a esa forma de vida. No obstante, para aquellos que día a día se sumergían en el flujo humano y vehicular que caracterizaba a la ciudad, esos ruidos eran solo un elemento más de su vida diaria. ¿Debería agradecer su funcional sentido del oído? ¿Era un don o una maldición el poder percibir todo ese alboroto?
Fue cuando se preguntó qué pasaría si no tuviera la capacidad de oír. Aunque a primera vista lucía como algo no tan malo, como una manera de tener una cierta paz existencial, si lo pensaba con profundidad, debía ser algo horrible. Ella, una fanática de la música, no podría apreciar más ni descubrir nuevas melodías. Su capacidad de disfrutar alguna película o programa de televisión se vería limitada al percibir sólo la mitad de la cualidad audiovisual que caracterizaba dicho contenido. No podría tampoco tener una conversación común nunca más, ni escuchar las voces de sus amigos y familiares. Vaya, ¡ni siquiera podría escuchar algo tan irrelevante como un estornudo o un gas! Y ni siquiera es algo de lo que una persona promedio se sienta orgullosa de percibir.
Cuando volvió en sí, se dio cuenta de lo cerca que estaba de su destino, por lo que ya debería estarse preparando para bajar. Por un momento, le pareció irónico cómo el concentrarse en el ruido había tenido el mismo efecto que sus olvidados audífonos: callar al mundo exterior. Se bajó del camión, lista para andar, no sin antes escuchar al motor alejarse y mezclarse con la sinfonía citadina que nunca se había tomado el tiempo de apreciar.